vasos comunicantes (poamario)


    
                                                           

Ahora que aún el cuerpo me pide soles de mañana,
cruzo el puente, me reconcilio con tu recuerdo,
después del duelo rencoroso de tu muerte,
y allí estamos, juntitas, contra el muro
que negaba el aire frío de las tardes.

Para ti era la caída de los soles,
para mí era el mundo empezando.


El perdón tiene que empezar por una misma.
Yo ya lo hice. A ti también.
Y ninguna de esas culpas tuvo que ver 
sino con vivir.
La tuya, con tu hija, a la que amaste
como de otra manera no supiste.
La mía, con la cebolla, que se despoja
de capas marrones para exhibir su propio olor,
no el de la tierra que la contuvo;
y se equivocó, claro, en la forma, como la juventud.

Allí, en el parapeto soleado se paraban los relojes
y te atrevías a descubrirlas, blancas,
las columnas de tu templo
de sus pudorosas medias como la noche.

Solo cuando los punteros solares, 
con pesadumbre 
alcanzaban mi frente y tu barbilla,
y las azuladas sombras parecían ocupar el asiento
reservado a él, recordábamos
al amo que llaman oro, 
por lo demás prescindible.
Para ti era la caída de los soles,
para mí era el mundo empezando.

¿Recuerdas el mar pardo-rojizo
en que a veces navegábamos,
desgranando cada vaina de arveja?
A tu lado la cáscara, al mío
el verde alimento, y no fue aposta.

Para ti era la caída de los soles,
para mí era el mundo empezando.

Te quitabas el pañuelo furtiva, 
tu fino alabastro relucía, movido
por la brisa que indiscreta se colaba
hasta nuestro refugio dorado;
así yo lo retendría para siempre,
en mis brillantes ojos de niña.

Para ti era la caída de los soles,
para mí era el mundo empezando.

Eran dos seres, un sol y un mar,
nada más existía, salvo mis ilusiones
y tus desapegos paulatinos.
La raíz y la rama, un sol y un mar,
Una de negro de despedida,
otra de alegres colores de pobre.

A menudo junto a mi orilla azul y
soles de mañana me pregunto
¿no he vivido siempre mirando a las alturas
de donde partí un día para no marcharme nunca
buscar siempre tu blanco?

Unos frescos oídos atentos 
a tu odisea desde El Realejo.
Éramos dos seres, una vaciándose de historias,
otra llenándose, infantil, de pasado.
Vasos comunicantes.

Hoy mis ojos tienen mi edad,
mis oídos la tuya,
lo sé ahora que también el cuerpo me pide
soles de tarde, de vez en cuando,
junto a mi orilla azul.
Alma-amater©2014
            

8 comentarios:

  1. ¡Qué maravilla! Me ha encantado y estoy muy emocionada. Como una idiota se me caen las lágrimas (soy una gran llorona emotiva). Me gustan la poesía que me transmiten una historia, que son evocadoras y ésta lo tiene todo. Una preciosidad.

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  2. ¡Hermoso poema!, Balbina, detrás de las palabras, y de la historia, cuanta magia en el fluir de las frases y de esos "soles" que se quedaron encendidos en nuestras espaldas. Un abrazo

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  3. Muchísimas gracias, fiel lectora. No sabes cuánto me motiva tu emoción.

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  4. Muchas gracias, Marcelo. Ya saben que un poema no se completa si no es con la emoción que le podamos poner al leerlo.

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  5. https://www.youtube.com/watch?v=JlgBcpMtXtU

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  6. Jero, qué inesperado comentario. Es maravillosa la canción. Me ha emocionado.

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  7. De lo mejor que he leído en muchísimo tiempo,Balbi. ¡Tremendo! Estas son de las que no se olvidan... Ni hace falta explicarlas.
    Un abrazo

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    1. Que maravilloso comentario, amigo. Me dejas sonrojada. Muchísimas gracias una vez más. Un abrazo.

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Agradezco tu comentario en el blog, con la ilusión de no ser la única alma que pulula y ulula por aquí. Una palabra tuya bastará para 'samarte'.