Silencios Compartidos (RELATO)



Cuando Sara intenta dejar allí sus palabras para sus amigas, en aquella fría superficie –ya sea tanto con su lápiz  desnaturalizado y de torpe precisión, como con sus toscos dedos-, a menudo se queda con una extraña sensación. Siempre piensa que la forma obtenida no está a la altura del fondo, incluso cuando sí lo está. A veces, esa sensación es tan desalentadora   como un escaparate vacío, es incluso inquietante, me cuenta un día afectada por un ataque de desesperación, porque tampoco es que hubiera mucha confianza entre nosotras, la verdad...

Sara me reveló sus pensamientos al respecto y, no sé si por mi falta de criterio personal o porque realmente es una tía cabal y convincente, lo cierto es que los considero dignos de ser relatados aquí. Aunque comprenderán ustedes que, sintiendo  yo cierta atracción por la ficción literaria, tenga que fabular un poco, y no quiero decir mentir, ni inventarme nada, sino...digamos redactarlo con un lenguaje menos whatsappero. A ver, que quede claro que en cuanto a la estructura e intervención de cada una, me remitiré siempre a nuestra conversación, que aún conservo y utilizaré como armazón del vestido. de modo que mi relato solo será  el correlato de aquel boceto .

Lo del WhatsApp, decía ella, es una escritura que no es solo eso, es escritura y es intento de diálogo teledirigido y sin coparticipación de sentidos tan importantes como tacto, olfato y vista. Los sentidos nos conectan con el mundo. Por eso, faltando la respuesta inmediata visual y auditiva del receptor, uno, ilusamente, cuando escribe el mensaje, lo hace a veces adelantándose a las posibles respuestas; escribimos creyendo que podemos prever lo que responderán los amigos, y a menudo nos equivocamos, como no puede ser de otra manera; las respuestas que uno daría no tienen por qué coincidir con las posibles respuestas de los amigos, y por eso -sospecha- se producen confusiones, y de ahí que sea tan arriesgado este medio -aunque no es el único motivo.
Tengo que decir que yo coincido bastante con Sara, pues, al adelantarnos, de alguna manera nos desnudamos y, al tiempo que nos precipitamos a juzgar, nos precipitan también al juicio.


Pero hete aquí -sigue Sara- que los que inventaron este inteligente canal, se adelantaron también a nuestras urgencias comunicativas -aquí todo el mundo se adelanta, añade-, y "generosamente" las tuvieron en cuenta regalándonos una serie larga de iconos emocionales enternecedores, inquietantes, sorprendentes y sorprendidos, furiosos y avergonzados, pero siempre insuficientes; caritas, flores, animalillos del bosque y la sabana; señales, medios de transporte, signos matemáticos; corazones enteros, medios, triplicados, envueltos en lazos y hasta partidos; y algunos iconos incluso escatológicos, como caquitas y nalgas prominentes. 

Éstos, supuestamente, habrían de salvarnos del boscoso abismo emocional de las palabras para situarnos en un locus amoenus, un paraje ideal metafórico y equilibrado de la emoción.

Cuánta razón, Sara -le digo mientras me río con su ocurrencia descriptiva-, pero con frecuencia, sin embargo, entramos en un éxtasis 'emoticonocional' queriendo poner en una línea, con muchos y diferentes emoticonos, lo que necesitaría un folio entero de palabras enjundiosas capaces de recoger con generosidad nuestro pensamiento.

Pues sí -consiente ella-, no creas que no he pensado en ello también, y caemos de nuevo en la confusión que pretendíamos salvar o en la incomprensión total, cuando no en la cursilería y el relajo con esa cornucopia de corazones, caritas, abrazos y gafas, orejas y paraguas. Es, como escuché el otro día, un escribir muy fónico que pretende suplir el microclima que le falta a la conversación, tal como la habíamos practicado hasta la aparición del WhatsApp.

Ya, y el que esté libre de culpa que tire la primera piedra, la interrumpo yo. Y este escribir tan fónico, como tú dices, se transforma a su vez en un leer afónico y ronco, despertando una sordera visual total en el otro, un poco harto de tanta 'emoticonocionalidad'. A mí me ocurre que lo dejo a veces por un tiempo, incluso  prometiéndome a mí misma no volver a usar el WhatsApp o hacerlo solo en casos de extrema necesidad. ¿No te pasa a ti también, Sara?

Desde luego, aclara, y sobre todo cuando no obtengo respuesta a mis mensajes o no obtengo la respuesta esperada, y me siento ¿cómo te diría?, ¿decepcionada?, ¿abatida?, ¿menospreciada, incluso?
Tan descontenta me quedo en ocasiones con el resultado enmarañado de la conversación whatsAppera, que como oxidada falúa, fondeada durante días, no me atrevo a abandonar puerto. Tiempo muerto en el WhatsApp.

Entonces, yo también aprovecho y me sincero con Sara. Le cuento que yo a menudo convoco a todo un equipo médico a mi escritura - en WhatsApp o no-: revisión permanente, releyendo bisturí en mano, sajando términos impertinentes; singulares que aspiran al plural mayestático, plurales que reniegan de su singular origen; verbos que desean hacerse hombre y yo que deseo hacerlos mujer,... Siempre en busca de lo políticamente correcto sin dejar de mostrarme tal cual lo siento y, por fin, cuando quiero equilibrar el relato con un nuevo término sustituto, comienza otra vez la cuarentena a la que la palabra novata es sometida, justo cuando ya es demasiado tarde para contestar porque alguien ha interpuesto otro mensaje (aquí me vendría bien ahora una carita con ojos enormes asustados y las manos en la cabeza).

Otra vez enmarañadas.  Todo a una velocidad de vértigo. La que exige el propio medio, que se nos olvida que solo pretende ser un canal de la inmediatez, con todos sus defectos, pero útil. Esa inmediatez produce confusiones, agravios y otros males menores que necesitan una tregua. Un día. Dos. Incluso una semana...o una llamada.

Ya -dice Sara- también a mí me pasa. Y añade algo que despertó mi interés, algo en lo que yo no había reparado.
-¿Sabes por qué pasa eso?, porque las palabras no agotan su sentido en la intención que uno les pone -afirma con contundencia-. Avanzan solitas, haciendo de las suyas en los códigos interpretativos de cada amigo lector, a veces imprevisible e implacable. Se confunden actividades con acciones, sentimientos con emociones, reflexiones  con conclusiones, etc. Y, una vez que se desbocan las palabras por el teclado, corretean a pierna suelta saltando los obstáculos de las pantallas, para asombro de los diferentes espectadores del rodeo. Quien más apostó, a menudo, más pierde. Finalmente, agotadas, duermen el sueño de los justos y justicieros.

Sonrío de nuevo con su hípica metáfora.

Mira -me confiesa Sara, y no sin cierto pudor, intuyo-, ahora que estamos sincerándonos, cuando les escribo a mis amigas, siento que me faltan, además de habilidades dígito-escritoraslos particulares olores de cada amiga que, en su mixtura, conformarían el ambiente adecuado en el que mis pensamientos tal vez consiguieran plasmarse con más acierto y menos temor.

¡Uy!, ¡mixturas! -pienso yo-, desde que no oía esa palabra; hmm, cómo me gusta María Dolores Pradera.  Hace tiempo que no la escucho a María Dolores Pradera.

Esas fragancias, continúa ella, son singulares no sólo por su composición, sino también por los espacios corporales que habitan. En una de mis amigas, en la tersura de un escote, elegante y brioso, escaparate del inteligente y bello ser que tras él se esconde; en otra, en la fresca superficie de su cara en donde caen con seductor descuido algunos filamentos de  cabellera de hada; en la otra, en su cuello albo, abrazado por mechones brillantes de negro imposible; y en otra, en el cuerpo entero y en sus rizomas matizados.

Sara hace un inciso y se me antojó que se ruborizaba un poco, porque se disculpa por si resultaba algo ñoña -y no diré que en algún momento no me lo pareciera, un poquito-; pero la animo a seguir contándome lo que sentía. Necesitaba tener material suficiente para este relato que ya barruntaba, y también porque me divertían sus maneras; no obstante, me empezaba a sentir un poco mal por mis intenciones ocultas. Debía revelárselas en algún momento.

Es esa sinfonía de olores y colores -sigue Sara- ensartados en la almazuela de nuestros encuentros esporádicos, la que me falta cuando, desde el WhatsApp, intento comunicarme. Y me inquieto, como me pasa cuando deseo reconciliarme con el olor que tenía la cama de mis padres y que ahora no consigo traer a mi memoria olfativa, frágil por los años.

¡Toma ya!, pienso, esto me está gustando, e inmediatamente busco un ejemplo similar en mi vida, para que fluya la conversación, pero solo se me ocurre compararlo con la sensación decepcionante, cuando viajo, de encontrarme con lugares que no huelen a nada o huelen, en todo caso, a tiendas de cosméticos dulzones de dudosa calidad o a plástico de calzado asiático.
Los lugares que no tienen olor propio, le cuento, son también un fraude al viajero y constituyen una forma muy poco acogedora y digna de recibirnos. Pero, volvamos a la conversación sobre el WhatsApp -le digo, para no quedarme sin materia para el relato.

Sí, sí claro. La conversación con las amigas a través del WhatsApp. -Sara hace otro pequeño descanso. La imagino ahora estirándose los dedos de las manos, en un gesto infantil de arrepentimiento por lo que va a decir-. ¿Y conversar por WhatsApp no es de alguna manera...también un fraude, una falta de consideración con la etimología de la palabra 'conversación' que procede de 'cum'+'verto’, que implica volverse y verterse de forma corpórea sobre los demás mutua y conjuntamente (con los ojos, con los gestos y con la voz)?

Buf -digo-, ahí ya no me meto, tú eres la entendida en el tema. Pero en lo que al WhatsApp se refiere, no olvidemos, como oí el otro día, que éste ha surgido, lo mismo que otras redes, como hierba invasora, de una manera poco civilizada y acaparadora, sin que nos dé tiempo para aplicar antídotos comunes o vacunas. Y cada uno tendrá que investigar y desarrollar sus propias estrategias. A lo mejor es lo que estamos haciendo ahora nosotras. Además, hay que tener en cuenta que todo tipo de escritura y medio siempre ha tenido sus propias dificultades, que para los primerizos son inevitablemente inquietantes. Y nosotros debemos vencer las ahora derivadas de la ausencia de voz, que nos priva de la entonación y sus matices; y de la ausencia en carne y hueso de los interlocutores, que nos priva del lenguaje gestual con toda su riqueza.

Eso es, chica, me gusta mucho el símil de la hierba invasora -dice Sara-. Por eso también me invade con frecuencia ese desasosiego incómodo. Siempre con la sensación de insatisfacción con lo que escribo, no tanto por lo que digo como por lo que no se deja decir... Y las mismas palabras son a veces tan arrogantes -añade después de un breve silencio- como los hijos, y me pasa que hasta que el 'empalabramiento' tiene lugar, mi pensamiento no descansa, rumiando una y otra vez en busca de la rebelde.

La interrumpo para preguntarle si realmente en ese momento se refiere al hecho de escribir por WhatsApp, pues se me antojaba que describía la misma desazón que me invade a mí, no solamente cuando escribo en WatsApp, sino también en cualquier otro medio -y más que nada para concretar.

Sara contesta: "en WhatsApp o en cualquier otro medio con teclado".

¡Vaya!, replico yo. Pues a mí el teclado me resulta muy cómodo; borras, añades, cortas, pegas y sin borrones, aunque comparto lo de la insatisfacción.

No discuto lo del teclado, contesta Sara, pero demasiado a menudo una no es del todo consciente de esa lucha obsesiva en la que se arraciman las palabras pujando por salir todas a la vez pero no sale ninguna.

Bueno, añado, eso también te puede ocurrir con un bolígrafo o con el ordenador. A mí me ocurre a menudo, pero aunque nos perdamos en las palabras también nos encontramos en ellas, y por medio de ellas y también de su silencios, sus tiempos muertos, conseguimos manifestarnos, aunque sea torpemente.

Sí, confirma Sara, pero a menudo creyendo que conseguimos arribar a la verdadera Ítaca, solo llegamos a San Borondón, una ilusión.

Bien, de ilusiones también se vive, ¿no? -digo yo-, y tal vez las palabras sean solo eso, ilusiones de lo que queremos, pensamos y soñamos.
Pues tienes razón, reitera Sara. Y aún así mis amigas siempre vuelven a la carga, como yo. Saben, ya a estas alturas del invento, que algunas palabras llegan, ven y vencen, como César...otras llegan, ven y se suicidan, como Aníbal…

O las matan las miradas, ji ji -interrumpo yo.

Y yo también vuelvo siempre a la carga -continúa Sara después de reírme la gracia-, aunque me falte el lenguaje corporal de cada una, que confirma,  niega, interroga o simplemente sostiene; una, con su amable semblante de eterna niña picarona y risueña,  que invita a caer en la levedad de sus abrazos abiertos; otra, con sus ojos brillantes y ávidos, propios de quien es capaz de entender lo que no se dice; otra, con su cerúleo gesto de tierna e inteligente proximidad que acoge y acuna con simpatía y empatía sin igual; y otra que, con ternura infinita en la mirada, abarca un entendimiento sereno y sabio.

Seguro que tienes unas amigas muy especiales, tal como las describes -le digo, cortándola, con la intención de que volviéramos al tema-. De todas maneras, si hacemos un repaso por todas las formas inventadas por los humanos para comunicarnos por escrito, desde que se creó la escritura, todo avance en ellas, como toda revolución, ha solucionado unos problemas, ha generado otros y ha habido sacrificios. Pasó con la evolución de la escritura en papiro y en rollos, a la invención del libro y también con la imprenta, el telégrafo, la fotocopiadora, internet y, ¿cómo no?, el WhatsApp.

Pues sí, asiente Sara. Tienes razón, y lo mejor de todo, es que cada uno de esos avances tiene algo en común.

¡Ajá!, me apresuro. ¡No me lo digas! ¿A ver si es lo que yo pienso?: que se extienden cada vez más las posibilidades de participación de la gente.

¡Claro!, exclama Sara, excitada. Todos los sistemas y medios de escritura, de lectura, de información, etc., han tenido sus defensores, sus detractores, sus vicios, sus virtudes, sus puristas, pero todos, han dado un paso más, a veces de gigante -como este- en la democratización del acceso a la escritura.
Nunca ha escrito tanta gente ni tanto como se hace ahora con el WhatsApp. Hasta mi abuela se comunica con nosotros, los nietos, de esta manera.

Jajá -me reí abiertamente intentando imaginarme a la mía, a mi abuela- y tuve la sensación de que tanto Sara como yo nos sentíamos contentas y esperanzadas con nuestra conclusión; pero Sara volvió al tema de sus amigas.

Pues sí señor -dijo graciosamente satisfecha, como si estuviera cómodamente tomando un café con su madre en la mesa de la cocina; y la imaginé exhalando un suspiro-. En esas treguas de un día o una semana sin comunicarme por WhatsApp pienso en ellas, no creas, y converso en esa soledad buscada, en un silencio que no es sólo mío, sino también suyo, tácitamente pactado; un silencio elocuente, un silencio compartido. Así que, de alguna manera, me rebelo contra la etimología.

Buf, me di cuenta de que el tema estaba zanjado. La conversación sobre el asunto estaba concluida con ese rebelde broche final, que pinchaba la etimología de la palabra 'conversar' y añadía al contenido de su mapa conceptual nuevos interlocutores virtuales y sanadores silencios compartidos.

Me gustaría amistarme con ella, al fin y al cabo hemos intercambiado cosas íntimas. Esta conversación la mantuvimos hace unas semanas. Cuando nos veamos le enseñaré esta acta, testimonio escrito, de nuestro encuentro virtual, y le pediré permiso para publicarla en mi blog. Hemos quedado para conocernos en persona en Semana Santa, pues las dos teníamos intención de ir a Sevilla, ¡mira qué casualidad!

Las redes sociales a veces te permiten conocer a gente tan estupenda…, espero.

    (A las inspiradoras)
                                                                                  Alma-amater© 2015







8 comentarios:

  1. Muy original reflexion sobre el fenomeno WhatsApp que capta la esencia de esta realidad como un nuevo estilo de comunicación que amplia extraordinariamente el campo de las relaciones humanas al permitirnos amistarnos''con gentes lejanas y de otras culturas diferentes.Esto supondra a lo largo cambios importantes en la evolucion y en la construcción del ser humano.
    Yo creo que también podríamos extender estas reflexiones al facebook,twitter,google+,etc,que caminan todos en esa misma dirección.El problema es que el capitalismo como siempre saca tajada de todo y puede llegar a pervertir estos sistemas en su beneficio.Por eso debemos estar expectantes para defender lo bueno y anular lo negativo de estos sistemas de comunicación.
    Balbina cada vez escribe mejor.

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    1. Pues sí, tiene razón. Es ampliable a todas esas redes, como dejé entrever. Me gustaría saber algo más de esa amenazante intrusión capitalista, es una interesante aportación. Muchísimas gracias. Un besazo.

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  2. Me ha encantado tu cuentxión (una pseudo-palabruta que no está al nivel de las tuyas, pero que refleja muy bien esa mezcla de cuento y reflexión sobre un tema tan presente en nuestro día a día)estoy completamente de acuerdo con todo lo planteado, y el texto llega muy bien al receptor,a
    pesar se no tratarse de una comunicación en vivo y en directo. Un beso.

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    1. Gracias, mi linda amiga. Tú y yo también nos hemos amistado mucho por whatsApp, en vivo y en carne. Un abrazo.

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  3. Has hecho una buena reflexión, y embellecida a través de un relato, sobre la comunicación limitada que se genera por WhatsApp y sobre el lenguaje de la amistad que es imposible que pueda apreciarse bien por ese medio. Tú has sabido exponerlo muy bien. Y, como siempre, escrito en un prosa perfecta. Un abrazo.

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    1. Muchas gracias. En realidad esto del WhatsApp lo valoro más desde que te empecé a conocer de verdad. Así que también te lo dedico. Modificaré para ampliarla la dedicatoria. Un beso.

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  4. A Sara era a quien estabe buscando, Balbi.¡ Que suerte haberte leído !
    El poder que tiene la escritura es inimaginable. Esa es mi reflexión.Y donde lo veo más claro es en el Face.Por muy democrático que sea ( opción a escribie a todo el mundo ),si no estas medianamente preparado,no hay nada que hacer.Toques el tema que toques. Incluído el de la amistad.Aunque, en este caso , a mi parecer , influyen otros factores.Por ej. (sobre todos), la intuicción.Ahora estoy leyendo a un pensador griego ( Aristóteles) , su idea de la amistad. La de utilidad , de placer y de bondad. A esta última ( entendiendo el significado que le da ) es a la que me acogo para andar por las redes. Todo por supuesto fiandome de dicha intuicción...
    Me he apuntado muchas cosas, pero como se haría el comentario muy largo. lo resumo en estas dos palabras. Mixtura y Conversación( com+verto ) .
    Un saludo
    P.d.: A partir de hoy, los comentarios los voy a alargar ( en el tiempo ) sino el paseo por esta casa va a ser muy rápido, jeje.

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  5. Pues,Miguel, yo encantadísima de que entres y te pasees y encuentres amigas como Sara...Lo de Aristóteles desde luego son palabras mayores. Hace mucho tiempo que he leído a Aristóteles, tengo que retomarlo. Pero estoy de acuerdo contigo en lo de la intuición y la bondad. Y también mixtura y conversar son "palabras mayores" para mí. Un fuerte abrazo, amigo.

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Agradezco tu comentario en el blog, con la ilusión de no ser la única alma que pulula y ulula por aquí. Una palabra tuya bastará para 'samarte'.