PUPILA DE LA AURORA (Relato)




La cara  de Margaretha -así me dijo que se llamaba- era un tanto extraña, como extraviada, como si no perteneciera al cuerpo. Sin duda era poco expresiva, para ser coherente con  la magnífica  sintaxis del cuerpo de una diva, que parecía sacado de una época remota. 

Sus mejillas amarillentas iban poco a poco intuyendo la lividez del disparo. 
Permanecían encaramados como garras a sus sienes hinchadas unos capilares laterales, enrojecidos por la presión que el astado casquete de Mata Hari ejercía sobre su cara. 

Sus ojillos, desde mi mirilla, se percibían requintados, para encajar en el estrecho hueco del casco, y como titiriteros de pocas luces, levantando los hilos de su marionetatiraban de ambas aletas de la nariz. La punta, a salvo del malabarismo, era un frío y aséptico centinela, tiesa como yo en mi puesto, ajena al fuego de artificio que pronto espantaría a esos ojos. Y bajo estos...la nada. 

Ni un surco, ni una sombra, ni un matiz que permitieran adivinar la angustia de una espía inolvidable. Su boca: una línea apenas esbozada. Ni siquiera una mueca, una mínima curvatura en los extremos que denotara el disfrute de aquella absurda atracción de feria. Ahora creo recordarla como una línea matemática, poco generosa con esta fabulación literaria mía. 
Nada, excepto un trazo inseguro e indefinido, poco digno de su seductor envoltorio. ¿Quién habría pensado, de verla allí frente a mí, en aquellas condiciones, que aquella Mata Hari había sido un astuto mito erótico, una rebelde amazona? Por eso fue fusilada. 
Yo la rematé.

Del pelo de aquella Mata Hari qué se puede decir; era una sabana agonizante  y reseca del estío africano, unas greñas decoloradas por la intemperie, envolviendo los minúsculos habitantes de aquel simple rostro. En él todo era pequeño, menos el deseo, que yo le proyectaba, de acabar de una vez por todas con mi estúpido favor. 

A menudo voy por la vida de samaritano, y así me iba, allí, haciendo el tonto, observándola paciente por la mira telescópica; ayudando en la caricatura de  una mujer como aquella - la pupila de la aurora, me enteré luego que la llamaban-, que, aunque se tratara de un bosquejo, bien merecía un respeto.

Mientras tanto, la temperatura de mi cuerpo aumentaba de forma exponencial, por el calor reinante, desde mi cabeza hasta los pies, ardientes en contacto con el asfalto. Imagino ahora los de Mata Hari, descalza, como de costumbre en sus bailes.

De Marga, por supuesto, solo veía la cara. Aún podía respirar, y el mero hecho de poder hacerlo en aquellas sofocantes condiciones le permitían aspirar todavía la esencia de su personaje. Entonces se oyó:

-¡Dé un paso al frente, muchacho, así le resultará más fácil!

 Yo obedecí..

-¡Dispare, muchacho, sin problema! - se oyó otra vez al tiempo que ella esbozaba una mueca.

Y yo obedecí, como siempre. Disparé varias veces. Total, ya puestos...
           
Margaretha salió entonces de detrás de la silueta metálica de Mata Hari, y me dio las gracias, sin demasiado entusiasmo expresivo, al tiempo que retomaba la cámara de fotos que yo le devolvía.

Y la turista  se perdió entre el gentío de la feria de aquel verano parisino.

                               Alma-amater  ©2015



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8 comentarios:

  1. Muy bueno.Me ha gustado mucho.Un desenlace inesperado.

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  2. Un relato muy bien elaborado, como suele ser habitual en tu prosa y, como otras veces, con tintes poéticos. Tiene un final sorprendente que nos demuestra que las cosas no son siempre como parecen. En este relato eso se demuestra a través de una corta pero buena narración.

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  3. Muchísimas gracias, Ángeles. Sí, el tamaño es buscado. Los relatos pequeños, son para mí como barrios, mundillos, en los que a veces me apetece sumergirme. Un besote.

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  4. Vaya, te superas cada vez que escribes... Original y emotivo al mismo tiempo. A ver si algún día los publicas todos en un mismo volumen... mi humilde sugerencia.

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  5. Muchísimas gracias por tu comentario y lectura. Buf, eso son palabras mayores, pero ¿quién sabe? Un abrazo.

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  6. ¡Muy bueno Balbina! Final de Jaque-mate,...¿A dónde nos llevas, amiga?, me gusta ese lenguaje poético y sugerente. Un abrazo

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  7. Muchas, gracias, amivo Marcelo. Hasta donde los lectores quieran acompañarme. Un abrazo

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  8. Muchas, gracias, amivo Marcelo. Hasta donde los lectores quieran acompañarme. Un abrazo

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