DEPÓSITO DE CADÁVERES (Relato)


Mamá se fue pa'l pueblo. Era su día.

Se levantó y, como de costumbre, primero se fue a los corrales. Le echó hierba a las cabras, marrubios, maravillas, correhuelas; pienso a los conejos, y millo a las gallinas. Recogió los huevos en el cubito verde pequeño, que parecía de juguete, cogió uno de los guisaleches que yo sostenía, y volvió al corral de las cabras para ordeñarlas. Tomó el tocón ennegrecido por la mugre de los años, lo asentó junto a las ubres de la Mariposa y se sentó en él, apretando uno de los calderos boca abajo entre sus rodillas, para que no le entrara ningún cisco durante los prolegómenos del ordeñe. Yo aguantaba el otro caldero. Recogió las ubres hinchadas con las dos manos, las sobajeó un poco y las peinó con sus manos arrastrando hacia el suelo cualquier brizna o pelo que pudieran tener adherido, terminando con un delicado pinzamiento de los pezones, que se escurrían entre los dedos índice y pulgar -dando salida a los restos de leche vieja allí depositados-, con lo que remataba el proceso de limpieza antes de empezar a ordeñar. 

Yo la observaba desde la puerta desvencijada del corral, sin apoyarme en los quicios, pues me sacaban de los míos las telarañas de varias capas grises que se escondían en los resquicios de la madera. Igualmente me inquietaban los hilos que pendían del techo de uralita por donde se deslizaban los fieros insectos a la caza de cualquiera de las cientos de moscas que aleteaban en la penumbra clara del corral. Por los lados de mi silueta y entre mis delgadas piernas de niña se filtraba la luz que avanzaba tenue bordeando los obstáculos de las moscas, las telarañas y las microscópicas motas de polvo que invadían la mansión caprina. 

Cuando más tarde algún profesor quiso explicarme el concepto de átomo yo no podía evitar recordar aquella bucólica y nebulosa escena matutina. Mamá me llevaba con ella al ritual para que yo le aguantara el caldero de la leche cuando ella cambiaba de cabra, de Mariposa a Gilda, por ejemplo, que así se llamaron dos de ellas. Mamá, consciente de mi fobia, nunca me obligaba a entrar mucho más allá del umbral, así que mi silueta permanecía en él, mientras mis ojos hacían incursiones temerosas hasta los agujeros de la pared o de la uralita, buscando temibles enemigos con los que entretenerme en mis pesadillas  nocturnas.

Yo la observaba. Mamá era muy diestra en lo suyo y, tal como yo la veía allí, era una flor en medio del estiércol. Yo permanecía con una mano tapándome la nariz y la boca, por temor a que me penetrara cualquier átomo de naturaleza viva o muerta e infectara mi cuerpo. Ella, mucho más natural, se movía con soltura, como si aquel fuera su medio, que no lo era. Nunca lo fue, o al menos nunca se mimetizó. Destacaba, no sé muy bien por qué, porque no era alta, ni esbelta, aunque sí guapa; pero no, no destacaba tampoco por su belleza, no era especialmente coqueta, aunque sí femenina. Destacaba, ahora lo sé, por algo intangible, que hoy conozco por el nombre de nobleza. Le venía de dentro, por tanto no se puede describir. La bonhomía de su rostro no era gratuita.

Regresamos de los corrales, las dos, cada una con su guisaleche, yo pensando en los insectos, y ella haciendo cábalas sobre las cosas que debía comprar, como en el cuento de la lechera. Llegó a la cocina, puso los dos calderos de leche al fuego, mientras yo, gruñona, tenía que cuidarlos para que la leche al hervir no se saliera. Mamá siempre me mandaba a mí a cuidar la leche, e, incluso sin dejar de mirarla, se me derramó más de una vez. Mi imaginación solía volar a no se sabe dónde, mientras mis ojos se clavaban en no se sabe qué.

Mamá llenó la bañadera de agua y se sentó en el chaplón que daba entrada al sótano, que no era un sótano, en rigor, pues estaba más elevado que el resto de la casa, de ahí la necesidad del chaplón. ¿Por qué lo llamábamos sótano? Aún me lo pregunto. Papá lo llamaba así y así era. No había más discusión. Igual que también teníamos una poubelle, es decir, un cubo de la basura. Y no sabíamos francés ni habíamos estado nunca en Francia. Papá sí. Pubela la llamaba y pubela se quedó. 

Pues bien, mamá se afeitaba los cuatro pelos que tenía en la bañadera para poder ir adecentada al pueblo. También se frotaba los calcañales con una piedra pómez. 

-¡Jesús, por dios, cómo tengo los pies de encachazados por las dichosas chanclas esas! Tengo que comprarme unas lonitas. A ver si hoy, que voy pa'l pueblo, me puedo comprar unas, y alegrar un poco el alma mía -decía mamá, un tanto para sí.

Luego entró al baño, que solo disponía de la luz natural de un ojo de buey y una tímida bombilla de luz macilenta, y se duchó.

-Pásame la crema, hija, que tengo las piernas que parecen escamas -nos pidió mamá después de la ducha, algo apesadumbrada, al observarse las piernas.

Mi hermana le pasó a mamá la crema Atrix, que guardábamos en el armarito oxidado del baño. Apenas quedaba ya nada. Mi madre se sentó de nuevo en el chaplón y metió su dedo pulgar y lo deslizó por todo el ángulo interior de la caja de Atrix, dibujando una circunferencia que le permitió extraer lo suficiente para aplicar con la yema del pulgar, un poco en una pierna y otro poco en la otra,  lo que se quedó pegado en su uña. Con la humedad del baño reciente la crema se extendió fácilmente, al menos en su imaginación. A mí las piernas me seguían pareciendo descamadas, así, como por parcelas. Pero eran las de mi madre.

Mamá se vistió y se fue pa'l pueblo -era su día, papá había cobrado- no sin antes advertirnos, a mis hermanas y a mí, de que ni se nos ocurriera irnos lejos. Que abuelo y abuela nos vigilarían. En casa nunca se decía "los abuelos", eso sonaba demasiado fino, y solo se lo oíamos a las amigas peninsulares de mamá o por la radio en alguna radionovela. Así que mamá decía: "Su abuelo y abuela las vigilará". Nos lo decía así, ustedeándonos, y era raro, porque éramos sus hijas. Sin embargo era la manera en que se dirigía siempre a nosotros, cuando nos conminaba por alguna cosa.

Ya mamá había desaparecido camino abajo hacia el pueblo, cuando mi hermana la mayor, la líder habitual de la manada, nos dijo que nos pusiéramos en marcha. Nos íbamos al depósito de cadáveres que estaba al otro lado de la montaña.

- Vamos, chicas, que tengo una idea. Nos vamos a la piconera.

-¿A la piconera? ¿Estás loca? Si mamá se entera nos mata -me alarmaba yo.

-Bah, ya está la boba esta. ¿Cómo se va a enterar mamá, eh? ¡Parece que estás tonta! -animaba mi otra hermana.

Bueno, estaba claro quién no mandaba. 

-De acuerdo, las acompañaré, pero yo no pienso bajar al depósito. Yo miraré desde arriba -me permitieron añadir.

-Ah, vale, mejor, así vigilas desde lo alto de la montaña, por si viene abuelo a buscarnos.

Subíamos la ladera, mi hermana la mayor encabezando la expedición. La del medio, en el medio, y la última, yo, amargada durante toda la subida, y amargándoles todo el recorrido. Que si aquello estaba muy mal. Que si nos íbamos a coger una enfermedad en los pies -como las cabras-, que mira tú a quién habrían pertenecido aquellos desechos. Que si pasaba algún coche por la carretera en ese momento y nos raptaba… En fin, que así recorrí todo el camino de subida repitiendo el repertorio completo con que a menudo nos amenazaba mamá, sobre ese lugar atractivo por prohibido. De vez en cuando mi hermana, la del medio, me daba un variscacillo para hacerme cerrar el pico. La mayor no solía pegarme, bastaba su elocuencia convincente de mandona.

Llegamos arriba, a lo más alto de la ladera, lo que en realidad era la mesetilla de una montaña con forma de matriarca acogedora. Teníamos unas vistas muy hermosas. Desde allí divisábamos varios pueblos relativamente cercanos, a unos 15 o 20 kilómetros en línea recta. Pero en eso, en realidad, no reparábamos. Estábamos más interesadas por lo que divisábamos allá abajo, en el fondo, junto a la carretera que llevaba a los turistas al pico central de la isla, al Teide. Era un depósito, oscuro y casi infernal, un Tártaro atrayente y misterioso que hizo bajar a mis hermanas, sin dudarlo un minuto, desde el Olimpo de la montaña matriarca. Yo repetía que no pensaba bajar, como autoconvenciéndome de que en realidad no me apetecía, y me quedé vigilando. Era demasiado cobarde para desobedecer a mis padres, pero el morbo también estaba instalado en mí. Mis hermanas, por el contrario, actuaron con esa resolución de los niños que se abstraen completamente de las reglas absurdas de los adultos, porque ellos se saben lo suficientemente mayores.

Bajaron las dos, ahora juntas, la jefa de la expedición y la subalterna. Paso firme y seguro. Un, dos, un, dos. Tardaron, aproximadamente, 10 minutos en hacer toda la bajada. Yo, mientras, desde mi posición no podía ver todo el recorrido;  me comía las uñas y veía fantasmas a lo lejos. Uno de ellos se iba haciendo cada vez más grande a medida que subía la ladera desde casa hacia mí y se confundía con la aburrida niebla, que también subía atraída, tal vez, por el calor de nuestro rastro juvenil, formando una figura fantasmal.

Mis hermanas ya habían llegado al depósito de la piconera, podía distinguir sus cabecitas desde allá arriba, a pesar de que el resto también era negro, como sus cabelleras trenzadas, pues aquel lugar fue en su edad de oro, una planta extractora de picón negro. Mis hermanas, en trance total, comenzaron a hurgar entre todos los cadáveres de zapatos allí tirados. Estaban acartonados, retorcidos y cuarteados por los rigores de los años. Nunca he sabido por qué aquello nos parecía tan apasionante. ¿Qué podía buscar nuestra frescura juvenil en aquella cápsula apocalíptica de la civilización? Tampoco supimos nunca por qué la gente tiraba allí sus zapatos, había un montículo de zapatos viejos y dispares; pero sobre todo, mis hermanas buscaban zapatillas. Llamábamos zapatillas a los zapatos de tacón y punta fina, a ser posible. Y si eran de charol, ya era el sumun.

Mis hermanas, después de la búsqueda exitosa dentro del depósito, se quitaron sus tenis y se pusieron sus zapatos de tacón dispares, cada uno de distinto color y estilo. Subían triunfantes de nuevo por la pasarela de la ladera, hacia donde yo estaba, chancleteando y riéndose. A su paso podía oírse el crujir de las suelas, que se resistían a recuperar la dúctil lozanía de sus años mozos, al ser prensadas de nuevo por los pies de unas niñas algo creciditas ya. La algarabía de mis hermanas, mientras ascendían hacia mí, me llegó antes que su imagen. Yo les gritaba que se dieran prisa, que se acercaba alguien. Mientras lo hacía me volvía a mirar para atrás para calibrar la distancia hasta la figura neblinosa. En el momento en que pude distinguir claramente los cuerpos de ellas taconeando entre las piedras, mientras asían sus propios tenis por los talones, justo en ese momento, me volví y distinguí también perfectamente la cara de mi abuelo, que fingiendo cabreo de adulto ante la travesura de dos inocentes criaturas, las esperó aparentando amenaza. Una mano la apoyaba en la cadera, y con la otra sostenía la rama dorada, de vid, con la que consiguió espolearlas, desde nuestro tártaro infantil, hasta llegar de nuevo a casa.

-¡Abuelo, yo no hice nada! ¡Mírame! ¡Yo se lo dije: "Que no lo hicieran, que mamá se cabrearía"! ¡No me hicieron caso, abuelo, te lo juro! - me había excusado ya yo antes de que ellas llegaran hasta nosotros.

Mis hermanas fueron obligadas, por mi abuelo, a abandonar su glamuroso calzado de salón, y bajamos de nuevo los cuatro hacia la casa, confundidos entre la niebla, mientras con miradas traviesas se nos escapaban las risas empujadas por los mofletes hinchados. Mi abuelo fingía, al mando ahora de la expedición, que no nos oía, blandiendo en la niebla la rama dorada que señalaba el camino hacia la luz.

Al llegar a la casa de abuelo y abuela, mi hermana la del medio ideó un plan. Estaba claro que mi madre se enteraría. Mi abuelo, de carácter jocoso y bonachón, como mi madre, no se lo diría, pero mi abuela, algo más estricta, sí. Así que había que pensar. Mi hermana recordó el episodio de la infancia de mi madre, aquel que ella siempre nos contaba en las tertulias de la sobremesa. Mamá, a la sazón, para librarse del dolor producido por una paliza segura de su madre -por una travesura que habría cometido-, ideó ponerse dos bragas, y entre braga y braga una hoja grande de penca. El problema es que mi madre en su gran momento de inspiración se olvidó de barrer bien las pencas y quitarles los picos. Así, al pegarle mi abuela en el culo, se le clavaban estos, con lo que duplicó el dolor, que se instaló en sus nalgas durante más de una semana.

Mis hermanas, aprendida ya la lección por herencia materna, fueron al pencón con el instrumental adecuado, las manijas, para no picarse las manos. Con estas cogieron las cuatro hojas de pencas, bien gruesas y jugosas. Las extendieron sobre un lecho de hierbas secas y con una escobilla las barrieron muy bien por ambas caras. Perfectamente limpias ya y, mientras se las colocaban entre braga y braga, las sorprendió mi abuela, de cuyo artilugio no advirtió a mi madre. Aunque sí le reveló el delito cometido. 

Ahora mi trabajo en el equipo consistía en pegarles, colocadas en el suelo boca abajo, con una chola, con todas mis fuerzas, para comprobar el éxito definitivo de la operación. A mí no me iban a castigar porque yo no había hecho nada, pero debía colaborar, eso sí. De este modo aproveché para largarles con todas mis fuerzas y obtener cierta venganza, por los apuros por los que me habían hecho pasar tantas veces. A pesar de todo, ellas repetían una y otra vez: "¡pega más fuerte, muchacha, que parece que tienes el brazo de mantequilla!".

Al regresar mi madre del pueblo, después de caminar los tres kilómetros de la subida, se le había bajado la tensión, como de costumbre. Mientras se tomaba el buchito de café en la cocina de mi abuela, para reanimarse, mi abuela le contó el episodio de la Piconera y el chancleteo de mis hermanas. Acto seguido, mi madre las llamó a capítulo.

Confesado el asalto al depósito de cadáveres de zapatos, mamá se pertrechó del instrumental necesario. Simplemente se quitó una chola y, reanimada por la cafeína, comenzó la salutación amorosa a cada una de mis hermanas. Se extrañaba, sin embargo, mamá, en alta voz, de que por fuerte que les diera en el pompis -como decía ella a veces por influencia de una amiga peninsular-, llorar, lo que se dice llorar, no lloraban.

Desde mi posición de testigo del delito, primero, y del castigo, después, pude observar algunas cosas, como un cierto guiño que aún patina deliciosamente en mi retentiva, como haciéndole cosquillas al dulce recuerdo. Es el guiño que le hizo mi abuelo a mi madre, o mi madre a mi abuelo -ya no lo distingo debido a la polvareda que levanta el mencionado patinaje en la memoria que, sabiamente, desecha las cosas superfluas. Parecía mostrar la complicidad de ambos en el asunto. Nunca mi madre nos reveló si ella sabía lo de las pencas en el culo de mis hermanas. Aún a día de hoy, muertos mi abuelo y mi abuela hace más de 15 años, y teniendo nuestra madre 80, nunca nos lo ha revelado. Nunca se lo hemos preguntado. Creo que a ninguna nos apetece saberlo. Sospecho que eso debe ser algo bueno.

Alma-amater  ©2016



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44 comentarios:

  1. Me gusta. Como episodio es muy interesante, pues se puede leer como un cuento completo con entidad propia. Es muy visual la descripción y la narrativa, muy conseguida, te lleva poco a poco , metiéndote en la historia. Ánimo con esa novela, que promete mucho.

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    1. Muchas gracias, Ángeles, por tus deseos y por tu comentario. En realidad no sé, he puesto la acotación de la novela en ciernes, tal vez para convencerme a mí misma, y animarme. Un abrazo.

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  2. Pero Balbina!!!, acabo de leerlo...es precioso...qué bien escrito...no pude parar hasta terminarlo...y, como siempre, ese humor tan genuino, inteligente y tierno.Bravo!!!������������❤❤❤
    Waity

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  3. Ay, mi querida Blanca. Creo estar viéndote mientras te leo, con esos ojos vivaces y la expresión, tan auténtica en ti, de estar disfrutando. Un abrazo enorme.

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  4. Me ha encantado me haz atrapado tu narrativa hace que uno se enganche me gustó mucho estaré pendiente para seguirte !! un abrazo desde mi brillo del mar

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  5. Vaya, qué gusto que te guste, Beatriz. Bienvenida.Muchas gracias por comentar. Saludos cariñosos.

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  6. Muy bonito relato.

    María Dolores Brito

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    1. Muchas gracias, María Dolores, me alegra que te guste. Bienvenida. Un abrazo.

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  7. Increíble. Es como si yo también hubiese estado ahí. Creo que es lo mejor tuyo que he leído, sin desmerecer por ello otros escritos.
    Como curiosidad: una parte de mi familia también llaman puvela a la basura, reminiscencias de años pasados en el país galo, claro.

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  8. Qué bueno que la escritura, Manuel, nos una, para revivir esas historias. ¿Sabes?, yo también dusfruté mucho escribiéndolo. Curiosidad lo de la 'puvela'que en gallego también va con 'v'como tú dices. Un abrazo, Manuel. Gracias siempre por tu visita.

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  9. Sin duda tienes un don ,ese don que solo tienen las personas que escriben con el corazón ....aunque no sea una de los personajes de la historia es reconfortante escuchar o en este caso leer esas historias tan lejanas y tan entrañables de esas chicas tan maravillosas...

    Begoña Martín

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  10. Muchas gracias, Begoñita. Qué bien que te reconforte y transporte a ese tiempo alejado aún de tu belleza venidera. Besitos.

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  11. Muy bueno Balbi!!!!
    Me he metido dentro de la historia, yo que soy la pequeña de 3 hermanas, imaginaba la escena como si fuera mía.
    Esos recuerdos de la infancia, los olores, los colores, los momentos vividos....
    El trabajo duro y constante de la madre. La presencia de los abuelos, tan importante en la infancia.
    Fantástico,quiero pensar que realmente hay un "continuará"
    Millones de besos.

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  12. Gracias, apreciada amiga. Qué bien me siento por que te haya trasladado a ese mundo de inocencia y vivir al día de ilusiones simples. Un beso grande, Anita.

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  13. Balbi, que dulzura, que sentimientos, que corazón tienes criatura. Te diré que lo he vivido contigo, me has hecho recordar tantas cosas... sigue así por favor, no cambies. El éxito es tuyo.
    Un abrazo corazón!!!

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  14. Muchas gracias, amiga, por tu tiempo tus comentarios, tu complicidad, tus ánimos. Eso es el éxito. Un abrazo grande.

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  15. Ya avisarás cuando esté disponible la novela. Creoque es mejor no saber ciertas cosas. La certeza acabaría con la magia, y sin magia las cosas son solo cosas.

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    1. Sé a qué te refieres, Pedro, y créeme que te lo agradezco, lo que ocurre es que pienso que no es lo mismo cuando se parte de ser alguien conocido que cuando no, como mi caso; ni es lo mismo cuando se tiene la seguridad de que se es medianamente bueno en lo que se hace, que cuando se duda. Me parece entender -porque eres algo encriptado- que no has leído el relato porque esperas que llegue ese final transformado en novela. La verdad es que, como le dije a Ángeles, no sé ni por qué lo puse...¿por autoanimarme? Estoy por quitar la acotación. Muchísimas gracias.

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  16. Conmovedor. Increíbles coincidencias con mi infancia...Me has hecho recordar las tupidas telarañas que custodiaban rincones, agujeros de ladrillos;el olor del estiércol, el del aliento de las vacas,; a mi, jugando a ser dios, decidiendo el destino de las moscas que caían en la leche recién ordeñada...eligiendo a las que salvaría y a las que condenaría a morir ahogadas...Has debido de ser el ángel de la guarda de mi madre, cómo si no podrías conocerla tan bien. Y el cementerio de los zapatos, imagen inseparable, recuerdo hipnótico, fascinante al que aún puedo regresar para ausentarme entre los misterios de lo efímero y perdurable. Gracias, Balbi... me has hecho pisar el cielo con zapatos de charol.... Un abrazo, Cora Lin

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  17. Bueno, bueno, bueno, Cora Lin, ¿qué puedo decirte sin que esto parezca, a ojos ajenos, un mercadeo de halagos y piropos? Voy a pasar del qué dirán. Tus descripciones son preciosas y me has emocionado. Esas coincidencias como las cuadras, las arañas, la madre...son en realidad bellos puentes de que se sirve la escritura para poner en comunicación, a veces inconsciente, a personas desconocidas hasta el momento. ¡Qué maravilla poder usarlas, la escritura y la lectura! Tú escribes muy bien. Un abrazo muy afectuoso.

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  18. Creo que es un don conocer esos puentes comunes del inconsciente y eso sólo puede hacerlo un buen escritor... Creo que nos has inspirado a unos cuantos...Esa novela, por favorrrrr!!!!! Un abrazo, Cora Lin

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  19. No sé si es un don, sinceramente, Cora, lo que sí te digo es que surge de una necesidad imperiosa. Gracias mil por tus ánimos.

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  20. Simplemente delicioso, Balbi.Me ha traído a la memoria imágenes, olores,aventuras infantiles casi olvidadas.Me despiertas las ganas de escribir.Gracias.

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    1. Qué bueno, Ana, me alegro de ese estímulo. Anímate. Ya tienes una lectora, y si escribes tan bien como fotografías, con más razón. Muchas gracias por leerme y comentar. Es un gran estímulo, amiga.Un abrazo.

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  21. Corporizacion de lo onirico serpenteante en una plasticidad narrativa y en un palpitante in crescendo discursivo que irrumpe en el alma como un fuego devorador exquisitamente avivado.Evocacion de un tiempo pasado que deviene presente añorado ..o tal vez ,¿añoranza de un pasado?Dii sciunt.Oi theoi monon oidasi

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    1. Jeje, nooo, amigo, la narradora no añora nada, pero sí saborea cosas pasadas con un paladar más maduro, como cuando vamos a una boda y no comemos mucho porque de tanto empalaga, y al día siguiente recuerdas aquellas exquisiteces. Non solum dii sciunt, narrans quoque. Multas gratias tibi ago, amice mi. Basia.

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  22. Un saborear añorante que nos abisma en nuestros atavismos mas ancestrales y que enfervorece nuestro ADN emocional y noetico a risolado en una prosa incandescentemente fluida.Un "descensus ad inferos" subyugante y encadenador de sentimientos absolutamente..celestiales

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    1. Jaja, ay mi querido rapsoda, cual Homero cabalgando épicamente por las praderas subyugantes de tu ignoto bagaje verbil. Muchísimas gracias por tu meus accensus ad caela. Basia, amice.

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  23. Como me gustan las historias de antaño, los detalles, el entorno, lo feliz que se era con tan poco... ¡¡Gracias por tu precioso relato!!

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    1. Cuánto me alegro, Estefanía, de compartir contigo ese placer por las cosas sencillas. Gracias siempre a ti por leer y comentar. Un abrazo.

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  24. Soy el menor de 5 hermanos, y bueno, yo no iba... Me llevaban.
    (casi siempre los "rejásos" se los llevaban los mayores)
    Los que afortunadamente no pasabamos las tardes delante de una videoconsola, teníamos tiempo de inventar, de cuadrar alguna escapadilla al río, a tumbar "tatucos" de avispas, etc.
    A sabiendas del ragaño o el castigo.
    Este relato es de tantos, es parte palpable de nuestra infancia. Me gusta como asocias los recuerdos con el presente, como describes a los personajes.....

    Gracias Balbina

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  25. Muchas gracias a ti, José Miguel, siempre, por tus lecturas detenidas y tus comentarios. Me alegra que mi relato te transporte, como sus aguas, al río feliz de tu infancia. Aprendo hermosas palabras contigo: "rejasos", "tatucos"...Un abrazo grande.

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  26. Hola Balbi querida :
    Con tu relato has traído a la infancia, a la mía a través de la tuya: tienes el poder de la evocación y deberías seguirlo cultivando. Creo que, en realidad, hay dos relatos: el del momento tan especial del ordeñe y el del cementerio de zapatos. Yo disfruté con los dos. Y el poder del primero es algo así como una condensación de algo importante, como la esencia de algo. Ese algo lo sabes tu. Gracias y, por favor, sigue escribiendo✨
    Patricia Parejo.

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  27. Bueno,las gracias siempre a ti y a los lectores. Alguien más me comentó también lo de los dos episodios del relato y es cierto. Me salieron juntos, no sé por qué, tal vez porque forman parte de un todo. Y tienes mucha razón en lo que dices del primero. Efectivamente condensa en unos párrafos lo que una madre, la del relato, puede representar en la vida de una niña: entre sus temores, sus fobias, sus pequeñas miserias, allí está su flor. Un abrazo, linda amiga atemporal. Gracias por comentar.

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  28. Entre tantos relatos de detectives, de sangre y misterio se agradece qye aoarezca una escritora que se detiene en los instantes, que mira tras los interticios de la memoria para construir un texto diáfano y seguro donde la poesia mitifica el espacio. El discurso narrativo consigue contruir un mundo mágico presentado desde la ingenuidad de un narrador que juega con el lector para postular su mundo y llenarlo de poesia. En fin, que el realismo de esencia sobrevive eficazmente si detrás hay un narrador capaz y sensible.

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    1. Balbina Martin Espinola4 de marzo de 2016, 12:52
      Vaya, Jorge, es curioso, como a veces consigues, en estos temas, verbalizar mis propios pensamientos. Me refiero al asunto de las modas literarias y eso de que hay que matar o de que tiene que haber sangre para que el relato sea verosímil. Yo me pregunto, como tú y yo hemos comentado alguna vez, si tan escasos de sensibilidad andamos como para que sea necesaria la sangre y el terror para que un relato o novela venda y llegue al gran público. En fin, estaremos anestesiados, o tú y yo muy equivocados. No entiendo de modas de vampiros y detectives ni me atrae escribir sobre ello, lo que no significa que no me guste la novela negra; pero creo, como tú, que la influencia de la literatura nórdica, no siempre es positiva. Hay cosas muy buenas, pero también otras malísimas.
      Muchísimas gracias por tu comentario y conocimientos de crítica literaria. Contigo aprendo. Un abrazo grande.

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  29. Bonito relato. Muy emotivo. Como todo retazo que se intuye rescatado de las profundidades del alma y expuesto con mimo y cariño.

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  30. Muchísinas gracias, Sergio, por visitarne, por leerme y por tu delicado comentario. Bienvenido. Un saludo cariñoso.

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  31. ¡Buf! Después de esto no sé si te dejaré entrar en mi blog. Te veo grande, enorme.

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  32. Ay Sasa, pierde cuidado, cielo. Tus relatos me encantan y tienen tu sello especial y de nadie , además de tu perfecta prosa, originalidad de temas y sentido del humor. Un abrazo, preciosa.

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  33. He vuelto a leer este relato, con calma, y me vuelvo a dar cuenta de que es una preciosidad. Redondo y magnífico. Hasta creo que me ha gustado mucho más ahora. Está para presentarlo a algún concurso, porque lo tiene todo. Y si no te lo premian es que son imbéciles y de mal gusto. Besos.

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  34. He vuelto a leer este relato, con calma, y me vuelvo a dar cuenta de que es una preciosidad. Redondo y magnífico. Hasta creo que me ha gustado mucho más ahora. Está para presentarlo a algún concurso, porque lo tiene todo. Y si no te lo premian es que son imbéciles y de mal gusto. Besos.

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  35. Ay, mi querida Ángeles, que regalito me acabas de hacer para comenzar el duro lunes.Te lo has vuelto a leer, aué mérito, porque corto no es. Hay tanta competencia, tanta gente buena.Pero tendré en cuenta tu consejo.Un abrazo grandote.

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Agradezco tu comentario en el blog, con la ilusión de no ser la única alma que pulula y ulula por aquí. Una palabra tuya bastará para 'samarte'.