“NADIE MATÓ A NADIE”


(Serie Sueños)
                                                                               imagen de Sikelia.com


<<Mi recién adoptada perrita de apenas dos meses echaba mucho de menos a su mamá. Habíamos  decidido dejarla en el baño, junto a la habitación, durante la noche, envuelta en su mantita y dentro de la cama que por la tarde le habíamos comprado. 

La casa  estaba en un recodo del camino, húmedo y boscoso. De los árboles que la rodeaban pendían ramas  que, sacudidas por el viento gélido de aquella tarde, atizaban contra las paredes dando latigazos contra los ventanucos. Sus estertores parecían perderse en el fondo del bosque, como huyendo ellos mismos asustados de lo que habían podido avistar a través de los sucios cristales. 

Los niños rondaban la casona inocentes, ajenos, en su algarabía, al halo tenebroso que la casa desprendía. Su griterío se mezclaba con los quejidos del bosque y llegaban hasta mí formando bucles estridentes que me hacían llevar las  manos a los oídos, en busca de un silencio imposible y lejano; pero al mismo tiempo que me permitían seguir oyéndolos me protegían de la agudeza de sus berridos. 

La casa tenía una entrada por la zona baja a la que se accedía desde un nivel inferior del terreno. Nosotros accedimos por la entrada que había en el nivel superior. Algo enigmático, inexplicable, me llamaba hacia dentro. Yo me resistía a entrar. Intuía, de alguna forma, que iba a ocurrir algo de consecuencias imprevisibles.  Y, sin saber cómo, me vi dentro de la casona  acompañada de los otros chicos y chicas más pequeños, que segundos antes pululaban por las afueras.

Primero se oyeron unas pisadas poderosas, tanto que las ondas del temblor se expandían por todo el suelo perturbando todo espacio entre la apisonadora y nosotros, y, aunque nos llegaban ya algo mitigadas, eran firmes como las pisadas de las botas de los soldados enemigos, en una guerra en la que el avistamiento físico del mismo se hace de rogar, lo que lo hace más inquietante y amenazador.

Salió por fin a nuestro encuentro. Era un tipo repelente; alto, fuerte, musculado y pálido, muy pálido, con el pelo casi blanco de tan rubio. Su faz y su cabeza se confundían en una misma continuidad cromática, haciendo imposible establecer las fronteras entre su cara y su testa, lo que ponía en relieve unos grandes huevos azules, que, a modo de ojos, destacaban como perdidos en aquella fea y fría tierra inhóspita que conformaba el septentrión de su frontispicio.  Me sonrió con desprecio, como con una furia contenida que dejaba  entrever su sentido del dominio. Yo temblaba, todos temblábamos. Sabíamos que estábamos perdidos. No saldríamos nunca de aquel antro desordenado, maloliente y oscuro.

De pronto el individuo, como haciendo gala de una inusitada amabilidad, nos invitó a jugar con él, exhibiendo una provocadora sonrisa de hiena que dejó a los niños petrificados como tiernos cervatillos. El movimiento circular de sus dos ojos hacía que estos se confundieran en un delirante baile, llegando a parecer uno solo en medio de su frente. Por esto y por el histrionismo nervioso de sus brazos, nos parecía como si se encontrara bajo los efectos de algún alucinógeno. Es evidente que a ninguno de nosotros se nos ocurrió rechazar la escalofriante invitación ciclópea. No se nos escapaba que aquella propuesta guardaba con una invitación auténtica una relación inversamente proporcional a la alegría con que la aceptamos. 

Él, consciente de su superioridad, jugaba astutamente a dejarse hacer. Se tumbó. Yo lo cogí, temblorosa pero decidida, por los pies, dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias -nunca sabemos lo fuerte que podemos llegar a ser hasta que no nos queda más remedio que serlo-. Hice un guiño a mis pequeños colegas para que estuvieran atentos a mis indicaciones gestuales. Engañando al tipo les dije que pusieran sus manos debajo, en el suelo, para que al levantar por los pies al miserable no se golpeara en la cabeza. Los peques sabían, no obstante, que no debían poner sus manos a modo de colchón que amainara el golpe. Eso era lo que él esperaba. Entonces con firmeza lo levanté por los pies y le pegué una sacudida tal contra el suelo -como quien sacude una alfombra a la que se le ha de sacar hasta la última mota de polvo- , que el golpe  fue mortal. Retumbó de nuevo en toda la habitación, y volvieron los ecos a confundirse con los porrazos de las ramas exteriores en las ventanas. 

Lo maté, estaba segura. Ni una sombra de duda. Pero ni tampoco un ápice de remordimiento. Me sentí orgullosa como Nadie: como Ulises después de haber cegado a Polifemo.

La angustia de mis compañeros preguntaba qué íbamos a hacer ahora, qué le iba yo a decir a la policía. ¿Cómo iba a demostrar que había sido en defensa propia? ¿Realmente había sido en defensa propia? ¿El pánico que nos producía la mirada y la mueca socarrona de aquel individuo no era suficiente amenaza como para considerar nuestra reacción como una legítima defensa? ¿O el sarcasmo de aquella mirada solo anticipaba que la victoria, aunque muerto, sería más suya que nuestra, embargados como estábamos ahora por el temor a ser descubiertos?

Recorrimos todas las habitaciones buscando alguna forma de fingir un accidente. Se me ocurrió buscar una mesa que, al intentar el tipo subirse sobre ella para clavar algo en la pared, se hubiera podido desplazar. Así se habría caído este de espaldas, golpeándose fuertemente la cabeza contra el suelo. Pero ni un solo cuadro, ni una sola chincheta, ni una sola mesa. Solo mesitas muy bajas, improvisadas con taburetes pequeños que, con un mantel por encima, fingían servir para mesillas de estudiantes o de pequeños altarcillos con budas e inciensos. Los ventanucos eran todos muy pequeños y elevados. El haz de luz que apenas entraba era débil y rojizo, proyectando en su recorrido abundantes y minúsculas motas  de polvo que revelaban un ambiente sórdido e insalubre, y que, desde luego, no parecían dar cobijo amable al alegre estallido de la vida. 

De pronto nos llega el desgarro repentino de un llanto infantil desde la habitación contigua. Acudimos ansiosos sin dudarlo. ¿Pero era posible que aquel tío depravado tuviera también a niños secuestrados allí? Si así era, no cabía duda de que por muy terrible que pareciera la idea, ahora podría ser nuestra salvación, nuestra excusa perfecta ante la policía.

Y claro que fue nuestra salvación, al menos la mía. El llanto de mi perrita solía ser tan agudo y penetrante que me sacaba a menudo de un bello sueño, o me salvaba de una terrible pesadilla, o bien de un relato imposible. Esa noche me salvó de lo segundo. ¿O de lo tercero? 

Me levanté, le encendí la luz, la acaricié y acurruqué de nuevo. 

Volví a la cama. >>

                                                                                  
                                                                 Alma amater  ©2016 

28 comentarios:

  1. Que bueno y acertado el título, amiga Balbina, al final la perrita fue tu tabla de salvación... es un buen relato en el que mantienes en todo momento la tensión y creíble porque en este mundo nuestro lo que nos sobran son polifemos de ese calibre y más...
    Un fuerte abrazo, amiga, feliz finde y también felices fiestas!!!

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  2. Hola, Servilio, me alegra mucho leerte por aquí y que te haya gustado mi relato, amigo. Un abrazo y felicidades.

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  3. Me encantó. No esperaba ese final... Me mantuviste con la intriga como siempre. ¡Excelente relato! Un abrazo enorme.

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    1. Muchas gracias, David, por comentar y leer. Misión conseguida, entonces, si te intrigó. Un abrazo fuerte.

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  4. Atmósfera conseguida y suspense hasta el... ¿final?. Siento decir que es lo único que no me gusta. Creo que el recurso de que todo fuese un sueño ha sido ya demasiado utilizado tanto en literatura como en cine. Lo demás me ha gustado mucho. Sigue.

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    1. Acepto tu crítica, Manuel, y te agradzco tu comentario. Se da la circunstancia de que no ha sido un recurso. Es un sueño real. Un abrazo.

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    2. Pues he de decir que la descripción del "monstruo" de la pesadilla está logradísima. Realmente da miedo.

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    3. Ja, pues me alegro. Hombre, debo decirte en honor a la verdad que ahí fabulé un poquito en la descripción de los ojos y poco más, el resto de detalles fue tal cual. Gracias, amigo, otra vez.

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  5. Intrigante desarrollo. Como dice Manuel, creo que la atmósfera está lograda.
    Un fuerte abrazo.

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    1. Muchas gracias, amiga. Me place haberte intrigado un poco. Misión conseguida, pues. Un besito.

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  6. Hermoso e inquietante relato. Felicidades, amiga Balbina.

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    1. Qué bueno, si te gustó e intrigó, amigo Carlos. Muchas gracias.

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  7. Bueno, bueno, bueno... qué decir que no hayan dicho ya mis colegas comentaristas (no sé si este sustantivo es el adecuado)? Todo lo suscribo: la atmósfera bien lograda, el suspense bien mantenido, el ogro totalmente plausible y terrorífico... Da igual si se deriva de un sueño o de un recurso. El relato en si mismo está perfecto y tu manejo de la técnica narrativa es cada vez mas perfecta. Un gran FELICIDADES. Super-abrazo.

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  8. Bueno, bueno, y ¿qué puedo decir yo ahora que no sea un muchísimas gracias por este comentario tan hermoso? Un abrazo grande, amiga.

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  9. Dificil saberlo, Balbi,cuando no es uno el que lo sueña. Por lo que leo,( lo intuyo ) parece que te salvo de una terrible pesadilla.Por cierto,excelentemente narrada.
    Un abrazo
    Miguel Zoraquiain

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    1. Qué bueno, leerte por aquí, amigo. Muchas gracias por tu lectura y por tu opinión que me dibuja una sonrisa. Un abrazote.

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  10. ¡Es genial! No entendía el primer párrafo referente a la perrita adoptada junto con el resto del relato, brillante final, me ha atrapado :)

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  11. Guau, Estefanía, qué hermoso recorrido has hecho hoy por mi blog. Muchas gracias por tus comentarios, tus ojos y tu tiempo. Me animas mucho con tus visitas pausadas y generosas.

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  12. Jodeeer, y para cuándo un libro recopilatorio de tus relatos y otro de poemas?

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    1. Ufff, amigo (?), eso son palabras mayores. ¡Qué vértigo! Mil gracias, quien seas...

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  13. hola y feliz año!!!!!! te perdimos la pista y claro estabas con estos relatos, que mira que nos gusta a stephen king y tu llegas a un suspenso similar!!!! te felicito, balbina! ya voy a releeer tus reseñas y las llevare en mis alas teniendo cuidado de seguir leyendo en el camino y toparme con un arbol. me gusta la sugerencia del comentario anterior, cuando una recopilacion?????felicidades!

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  14. Yujuuu, qué ánimo me dais, chicas. Muchísimas gracias por la comparación. En cuanto a la recopilación, bufff, digo lo mismo, me da vértigo aún. Un besote.

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  15. En este relato te fluyó describir un mal sueño, una pesadilla. Y yo creo que sales bien parada. Recreas fielmente la flotabilidad de los sueños y no te ensañas con la sordidez del asesinato. Tintes surrealitas sabiendo que nadie puede agitar a otro como si fuera una alfombra cogiéndolo por los pies.
    No sientes arrepentimiento aunque si tratas de buscar una justificación para el crimen cometido de cara a la policía. Pero no la encuentras. Llegas a un punto donde ya no tienes elementos para seguir el relato. Y tienes que resolver.
    Y te ayudas del ladrido agudo de la perrita para salir de la ensoñación y librarte de la pesadilla.
    No es la primera vez que encuentro en tus relatos tintes de novela negra. Por lo que deduzco que no te desagrada en abasoluto ese género literario.

    Te aplaudo una vez más.

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    1. Mama mía, qué espléndido comentario, amigo. La que te aplaudo soy yo por tu generosidad y tu tiempo. Un abrazo.

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  16. Muy ingenioso y muy bien escrito. Te deja intrigado hasta el final. Original ante todo, me ha gustado mucho.
    Un saludo
    Lourdes

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    1. Pues, muchas gracias, Lourdes. Me motivan mucho tus palabras. Y gracias de nuevo por tu visita. Un beso.

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  17. Hola Balbina, que bien has recreado tu sueño para convertirlo en una real pesadilla...
    Gracias, pasa buena tarde, besos aterrados..

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    1. Vaya sorpresa, Don Vito. Muchas gracias por leerme y comentar. Eso nos anima a seguir. Un abrazo sin miedo ;)

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Agradezco tu comentario en el blog, con la ilusión de no ser la única alma que pulula y ulula por aquí. Una palabra tuya bastará para 'samarte'.