EN LA PLAZA


(Mujer torero: Pinedo)

Como niña desnuda, de puntillas sobre la arena,
alzo mis brazos y atrapo el lienzo azul.
Tomo las dos puntas con mis dedos,
lo arrastro al viento sobre mi cabeza, 
lo sacudo y me llueven todas sus estrellas
que disipan mis sombras y me desdudan.
Cuelgo de la cometa y alzo los pies de plomo,
¿quién quiere andar?,
¿quién quiere hacer camino?
Los caminos están siempre demasiado... algo.
Trazo vías por el aire y luego borro el olor para no seguirme.
Sacudo al viento mi rastro con el manto cerúleo.
Me veo venir pero me toreo, capa en mano, en la plaza del olivo.
Luego me cubro con ella , 
me retuerzo y me arranco la estocada 
y la brisa me lame la inquietud y demás aguas.

©2015 Alma amater

SILENCIOS COMO PERROS

Imagen de Mundo perro

Los silencios son como perros,
grandes, plomizos, babeantes.
Ágiles y ecurridizos, otros,
y cuando menos  lo esperas, te dan un lametazo
y se van sin que hayas podido reaccionar
pero te quedas ahí, pringada.
Hay silencios de la calle, sin dueños,
que paren más y más silencios.
Los hay que solo ladran.
Hay silencios con olor, silencios llenos de alguien,
silencios que abarcan más que la palabra que los nombra,
que añoran a su dueño y le aguardan tras la puerta.
Silencios con pedigrí, con certificado de autenticidad.
Silencios mal adiestrados.
Silencios nerviosos.
Silencios que muerden.
Silencios que aúllan en la noche.
Y silencios que a poco que los alimentes
te serán siempre fieles.

Alma amater ©2016

LA COCINA DE MI MEMORIA



La cocina es a veces un plácido mar de silencios
que susurran, se abrazan y se expanden
formando bucles invisibles de ecos lejanos 
que se asustan al estallido del motor de la nevera
y se estrellan en las paredes blancas
donde un día mi abuelo apoyó su silla y su cabeza.
La cocina es movimiento en el recuerdo.
En la cocina de mi memoria fluye el olor a café de mi abuela
y entre silencios van y vienen como olas en capas sus enaguas y delantal.
Se arrebolan los tomates del frutero a su paso, lozana,
y mueven su cabeza para adorar la arruga de su boca.
El hule de la mesa la extraña años después.
Los fríos azulejos guardan el llanto secreto de la ausente, 
testigos mudos de su mundo, su amanecer  y su adiós. 
Las berenjenas de las calcomanías enseñan sus huesos 
dolidos por los chicles bazooka que un día la nieta juventud mascó.
Y se desangran los azulejos del poyo,
mostrando el hambre marrón de su esqueleto.
En la cocina de mi memoria no habrá sino una reina. 
Un trono, un príncipe consorte lo más.
Pero todo, incluso el recuerdo, al servicio de su majestad.
Una cocina, un santuario y ...
silencio.

                 
                                        Alma amater ©2016
                    


“NADIE MATÓ A NADIE”


(Serie Sueños)
                                                                               imagen de Sikelia.com


<<Mi recién adoptada perrita de apenas dos meses echaba mucho de menos a su mamá. Habíamos  decidido dejarla en el baño, junto a la habitación, durante la noche, envuelta en su mantita y dentro de la cama que por la tarde le habíamos comprado. 

La casa  estaba en un recodo del camino, húmedo y boscoso. De los árboles que la rodeaban pendían ramas  que, sacudidas por el viento gélido de aquella tarde, atizaban contra las paredes dando latigazos contra los ventanucos. Sus estertores parecían perderse en el fondo del bosque, como huyendo ellos mismos asustados de lo que habían podido avistar a través de los sucios cristales. 

Los niños rondaban la casona inocentes, ajenos, en su algarabía, al halo tenebroso que la casa desprendía. Su griterío se mezclaba con los quejidos del bosque y llegaban hasta mí formando bucles estridentes que me hacían llevar las  manos a los oídos, en busca de un silencio imposible y lejano; pero al mismo tiempo que me permitían seguir oyéndolos me protegían de la agudeza de sus berridos. 

La casa tenía una entrada por la zona baja a la que se accedía desde un nivel inferior del terreno. Nosotros accedimos por la entrada que había en el nivel superior. Algo enigmático, inexplicable, me llamaba hacia dentro. Yo me resistía a entrar. Intuía, de alguna forma, que iba a ocurrir algo de consecuencias imprevisibles.  Y, sin saber cómo, me vi dentro de la casona  acompañada de los otros chicos y chicas más pequeños, que segundos antes pululaban por las afueras.

Primero se oyeron unas pisadas poderosas, tanto que las ondas del temblor se expandían por todo el suelo perturbando todo espacio entre la apisonadora y nosotros, y, aunque nos llegaban ya algo mitigadas, eran firmes como las pisadas de las botas de los soldados enemigos, en una guerra en la que el avistamiento físico del mismo se hace de rogar, lo que lo hace más inquietante y amenazador.

Salió por fin a nuestro encuentro. Era un tipo repelente; alto, fuerte, musculado y pálido, muy pálido, con el pelo casi blanco de tan rubio. Su faz y su cabeza se confundían en una misma continuidad cromática, haciendo imposible establecer las fronteras entre su cara y su testa, lo que ponía en relieve unos grandes huevos azules, que, a modo de ojos, destacaban como perdidos en aquella fea y fría tierra inhóspita que conformaba el septentrión de su frontispicio.  Me sonrió con desprecio, como con una furia contenida que dejaba  entrever su sentido del dominio. Yo temblaba, todos temblábamos. Sabíamos que estábamos perdidos. No saldríamos nunca de aquel antro desordenado, maloliente y oscuro.

De pronto el individuo, como haciendo gala de una inusitada amabilidad, nos invitó a jugar con él, exhibiendo una provocadora sonrisa de hiena que dejó a los niños petrificados como tiernos cervatillos. El movimiento circular de sus dos ojos hacía que estos se confundieran en un delirante baile, llegando a parecer uno solo en medio de su frente. Por esto y por el histrionismo nervioso de sus brazos, nos parecía como si se encontrara bajo los efectos de algún alucinógeno. Es evidente que a ninguno de nosotros se nos ocurrió rechazar la escalofriante invitación ciclópea. No se nos escapaba que aquella propuesta guardaba con una invitación auténtica una relación inversamente proporcional a la alegría con que la aceptamos. 

Él, consciente de su superioridad, jugaba astutamente a dejarse hacer. Se tumbó. Yo lo cogí, temblorosa pero decidida, por los pies, dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias -nunca sabemos lo fuerte que podemos llegar a ser hasta que no nos queda más remedio que serlo-. Hice un guiño a mis pequeños colegas para que estuvieran atentos a mis indicaciones gestuales. Engañando al tipo les dije que pusieran sus manos debajo, en el suelo, para que al levantar por los pies al miserable no se golpeara en la cabeza. Los peques sabían, no obstante, que no debían poner sus manos a modo de colchón que amainara el golpe. Eso era lo que él esperaba. Entonces con firmeza lo levanté por los pies y le pegué una sacudida tal contra el suelo -como quien sacude una alfombra a la que se le ha de sacar hasta la última mota de polvo- , que el golpe  fue mortal. Retumbó de nuevo en toda la habitación, y volvieron los ecos a confundirse con los porrazos de las ramas exteriores en las ventanas. 

Lo maté, estaba segura. Ni una sombra de duda. Pero ni tampoco un ápice de remordimiento. Me sentí orgullosa como Nadie: como Ulises después de haber cegado a Polifemo.

La angustia de mis compañeros preguntaba qué íbamos a hacer ahora, qué le iba yo a decir a la policía. ¿Cómo iba a demostrar que había sido en defensa propia? ¿Realmente había sido en defensa propia? ¿El pánico que nos producía la mirada y la mueca socarrona de aquel individuo no era suficiente amenaza como para considerar nuestra reacción como una legítima defensa? ¿O el sarcasmo de aquella mirada solo anticipaba que la victoria, aunque muerto, sería más suya que nuestra, embargados como estábamos ahora por el temor a ser descubiertos?

Recorrimos todas las habitaciones buscando alguna forma de fingir un accidente. Se me ocurrió buscar una mesa que, al intentar el tipo subirse sobre ella para clavar algo en la pared, se hubiera podido desplazar. Así se habría caído este de espaldas, golpeándose fuertemente la cabeza contra el suelo. Pero ni un solo cuadro, ni una sola chincheta, ni una sola mesa. Solo mesitas muy bajas, improvisadas con taburetes pequeños que, con un mantel por encima, fingían servir para mesillas de estudiantes o de pequeños altarcillos con budas e inciensos. Los ventanucos eran todos muy pequeños y elevados. El haz de luz que apenas entraba era débil y rojizo, proyectando en su recorrido abundantes y minúsculas motas  de polvo que revelaban un ambiente sórdido e insalubre, y que, desde luego, no parecían dar cobijo amable al alegre estallido de la vida. 

De pronto nos llega el desgarro repentino de un llanto infantil desde la habitación contigua. Acudimos ansiosos sin dudarlo. ¿Pero era posible que aquel tío depravado tuviera también a niños secuestrados allí? Si así era, no cabía duda de que por muy terrible que pareciera la idea, ahora podría ser nuestra salvación, nuestra excusa perfecta ante la policía.

Y claro que fue nuestra salvación, al menos la mía. El llanto de mi perrita solía ser tan agudo y penetrante que me sacaba a menudo de un bello sueño, o me salvaba de una terrible pesadilla, o bien de un relato imposible. Esa noche me salvó de lo segundo. ¿O de lo tercero? 

Me levanté, le encendí la luz, la acaricié y acurruqué de nuevo. 

Volví a la cama. >>

                                                                                  
                                                                 Alma amater  ©2016 

BORRONES

anforadepandora.wordpress.com


Y Llovía sobre mis  palabras para que se desdijeran
y encharcadas se disolvieran en borrones de tinta,
pero estas, irreverentes, aprendieron a nadar y guardar la ropa.
Sacan la cabeza fuera del charco y se visten.
Y mira lo que queda de ellas.
Por eso, aún de luto y escuálido mi verbo,
aunque solo  adviertas su esqueleto endeble,
si atisbas la enjundia que lo pretendía,
tal vez le concedas el salvoconducto, tal vez. 
Aún llueve.
                       Alma amater  ©2016 

AMANECE





Amanece.
Orondas y esponjosas hogazas de pan sin hornear 
cubren el cielo de inocuo invierno.
Adivino el crepúsculo de las horneras 
amasando sin tregua pan y sueños.
Expanden y proyectan sobre la mesa estelar la masa
henchida de minúsculas burbujas brillantes de deseos.
Los extienden, los convierten en pasta filo 
y afilan entre sus dientes los cuchillos 
que cortarán las porciones de anhelos,
los desdeñan y recogen de nuevo,
vuelven a aplastarlos con sus dedos,
los prensan en la masa informe de sus zozobras
y allí se acomodan.
El mundo gira.

                           Alma amater  ©2016 

HOSTAL DE CARRETERA





A veces no recuerdas algo y, cansada de darle vueltas, 
se te queda la ventana abierta en segundo plano
mientras pasas a otra cosa, y, ¡zas!, cuando menos lo esperas,  
salta de repente al primer plano lo que antes no recordabas.
En ocasiones,  tienes tantas ventanas abiertas en segundo plano
que entra de todo en tu casa: 
sol, viento, ruido, moscas, espías y ocupas. 
Encima, pueden entrarte por la puerta de atrás 
y dejártela abierta de bar en bar. 
Es ya cuando, al borde de un coma etílico, o ético, 
que lo mismo da, 
sientes que tienes que darle a la X de Salir 
o, al menos, a la ventanita de minimizar riesgos, 
pero eres tan manazas en asuntos  tec-no-lógicos... 
También puede suceder que te quedes sin batería 
y que se cierren de golpe todas las ventanas 
y te invada un síndrome agudo de hostal de carretera.

                                      Alma amater  ©2016 

COMO CERVEZA ( poema)



Con mi materia prima hice todo lo que no ven, 
lo que ven es solo un sucedáneo apto para ciegos.
Si humillas tus manos y recoges del suelo los trocitos que se me caen, 
tal vez me ayudes a mantenerme en el molde vital.
A veces me desbordo y desparramo como cerveza
y necesito una mano amiga
que introduzca el rabillo de su cuchara en mi espuma de Náyade,
que me recuerde que las burbujas son solo eso, aire,
y está bien que existan,
para oxigenarme en la catarsis de este teatro,
pero tu mano, junto a mí, en el patio de butacas, 
me recordará que la función termina y que tú sigues ahí,
cuidándome las fronteras de mi jarra.

                  Balbi Mar

CUERPOS PARASITADOS


La Historia, ciega, como el amor.
Clío, vieja musa, de amplio pecho, 
elige entre caminos múltiples.
No conoceremos jamás los caminos desechados.
Cae una pieza del dominó y arrastra a las demás.
La musa se sabe reina y se sobra, caprichosa.
Garrapata que nos vampiriza y  engorda.
Perecemos debilitados por el parásito de la cultura.
Solo somos huéspedes.
No controlamos nada.
El fin, la cultura misma. 
El medio, tú y yo.
Solo cuerpos parasitados.


                                                                          Balbi Mar





Y un día supe 
que en mi futuro 
siempre estaría el pasado 
de cuerpo presente
y eso me hizo sentir más humana.

          Balbi Mar

DESDE MI PUNTO DE VIDA, EL GATO QUE ESTÁ

Imagen de pinterest.com


Que soy solo un punto en el universo, nunca se olvida.
Que por temor al punto y aparte, me quedo en el suspensivo, culpa mía.
Que ahuyento los puntos  sobre las íes aspirantes a las certezas, noche y día.
Que acumulo puntos en el supermercado de la duda, qué alegría.
Que tenso mi arco a menudo, en busca del medio punto, en esa estrella...
Que esta piel de rosa antigua alcanzó ya su punto de inflexión, porque en mis ojos...
Que en la araña de mi arruga un día el punto será de cruz, que es la vida.
Que sin escapatoria al desahucio de este cuerpo, en punto muerto nos veremos en la meta, qué noche bella.
Que llegada a este punto, la madeja será para el gato que está triste y azul, lágrimas claras.
                                                                                          Alma amater  ©2016